Art or Consequences

April 25, 2016

Los buenos y los malos

Filed under: Diaries,Essay — Manuel @ 4:35 am

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Están los buenos, los próceres de la sociedad, los que hacen avanzar el mundo, los que creen en el valor de los derechos humanos, los redactan, los promocionan y cumplen sus preceptos. Los hacen cumplir.

Y también están los malos, a quienes no les importa el sufrimiento ajeno, que carecen de empatía y solo buscan su propio beneficio. Para mantener a estos a raya, para que la convivencia sea pacífica y provechosa para todos, se crea un cuerpo de policía.

Hay buenos y malos, policías y criminales. No todos los buenos son policías. Y gracias a la existencia de la policía, no todos los malos son criminales.

Hay un policía bueno, que cumple con su deber, que cree en los ideales de la justicia y del bien, que actúa siempre conforme al código deontológico de la policía, que no se salta nunca ninguna de las normas que rigen el funcionamiento del cuerpo de policía. Trata a los criminales como ciudadanos normales, porque él no es quién para juzgarlos.

Hay policías malos, que tratan a los ciudadanos como criminales, como si todos fueran enemigos potenciales. Interpretan las normas conforme a sus intereses, no respetan la autoridad de sus superiores. Los hay que se comportan así para ser más eficientes, para capturar mejor a los que ya saben que son criminales. Otros lo hacen por su puro beneficio, o porque les da la gana, porque son policías corruptos.

Hay un policía que simplemente hace su trabajo. Cumple las reglas hasta donde resulta razonable. No le importa mucho si el mundo es justo o no, si las misiones que le asignan son conforme a buenos o malos principios. Se conforma con que nadie le haga la vida imposible y con cumplir con los jefes lo suficiente para cobrar a final de mes y que no le echen del cuerpo.

También entre los criminales hay buenos y malos. Los criminales buenos han sido obligados a delinquir por la educación que han recibido, por el entorno en el que han crecido, por las condiciones económicas. La vida les ha hecho criminales. Pero solo cogen lo que necesitan, intentan no hacer daño a nadie. No hacen daño a nadie a menos que sea estrictamente necesario.

Sin embargo, los criminales malos no tienen otro criterio que su beneficio. No les importa matar, destrozar la vida de la gente, si con ello consiguen una pequeña ventaja, algo más de dinero, con algo menos de riesgo. Los hay incluso que disfrutan haciendo el mal, que destrozan la vida de la gente, la buena y la mala, aunque no sea necesario, o quizá precisamente porque no es necesario.

Los peores criminales, no obstante, son los que parecen buenos ciudadanos. Para esto se hacen pasar, por ejemplo, por miembros de una parte acomodada y respetada de la sociedad, donde las convenciones sociales, o ciertas manipulaciones en documentos públicos hacen de cortina de humo para esconder sus crímenes. Estos crímenes son variados y pueden estar o no contemplados por las leyes vigentes: ya se han ocupado los criminales de que las leyes vigentes no los contemplen. Hay quien piensa que sean cuales sean las reglas vigentes, las cumplan o no, hay muchos que parecen buenos ciudadanos y no lo son. Quizá ni siquiera sea posible ser buen ciudadano.

En cualquier caso, de los peores criminales, de estos que se hacen pasar por buenos ciudadanos, unos cuantos se hacen pasar por policías, por aquellos buenos cuyo trabajo es precisamente acabar con el mundo criminal. Por ejemplo los que se visten de policías para cometer sus crímenes con impunidad, simulando ser policías para que se les abran todas las puertas. Y también los que se infiltran en el cuerpo de policía, que estudian y se gradúan como policías, pero lo hacen al servicio de una organización criminal. Estos son los topos. Parecen policías, parecen incluso buenos policías, pero en realidad son criminales. Gracias a esta trampa pueden conocer todos los movimientos de la policía de antemano, y alertar a sus compañeros criminales, que los recompensan generosamente por cada información útil. A veces, para conseguir estas informaciones, para dejar claro que son policías, tienen que detener delincuentes, tienen que capturar y esposar a sus propios compañeros, meterlos en la cárcel. Normalmente convencen a todos con estas acciones de policías intachables, o bien de policías que hacen su trabajo. Pero cuando consiguen mejores resultados es cuando se hacen pasar por policías corruptos, porque así pueden infiltrarse entre ciertos miembros del cuerpo de policía, que son en su mayoría corruptos, y acceder de esa manera a información de más valor, más protegida. También destruyen o plantan pruebas, como haría cualquier policía corrupto, para evitar condenas o para desviar la atención de la policía hacia gangs rivales

También hay un policía super-bueno. Paradójicamente el policía super-bueno, para cumplir su labor, para ser super-bueno, tiene que parecer un criminal. Es un policía encubierto, una especie de topo del otro lado. Su misión secreta es infiltrarse entre los criminales, que le cojan confianza, que le den acceso a detalles importantes de su red criminal y que le presenten a los responsables últimos de los crímenes. Así puede alertar a la policía cuando se van a cometer crímenes de gran volumen o cuando la vida de ciudadanos inocentes, o de algún agente, están en peligro. También puede recoger desde dentro pruebas que incriminen a toda la organización, a los que consiguen las armas o las drogas, a los que colaboran con ellos.

El policía encubierto tiene todas las obligaciones de un policía, además de muchos otros inconvenientes: trabaja a tiempo completo, 24 horas al día, y en un entorno de riesgo constante. El más pequeño desliz le costaría la vida. No puede ser él mismo, tiene que fingir ser otra persona, tiene que pensar cada uno de sus movimientos, por irrelevante que sea, para no descubrir su condición, para no comportarse como un policía en absolutamente ningún gesto, para parecer un delincuente corriente, uno más.

A pesar de la tensión diaria que le supone comportarse como un delincuente y que está obligado a fingir esa actitud arrogante y sin escrúpulos, ese trato despectivo hacia la gente corriente, hacia los que tienen menos poder, eso no es nada comparado con la dificultad emocional de comportarse como un delincuente en lo que hace de los delincuentes lo que son, delinquir.

Efectivamente, en su papel de delincuente, con el objeto de servir a un fin más elevado, el del bien, se ve obligado a cometer todo tipo de crímenes, para demostrar que es uno de ellos, para que lo acepten en su círculo. Tiene que demostrar, fuera de toda duda, que no es un policía. Un topo parece mas policía si hace de policía corrupto. Pero un policía encubierto no puede mostrarse bueno, un delincuente bueno. Es una actitud peligrosa, si no completamente imposible. Así que roba, extorsiona, intimida y golpea. Por si esto no le exigiera ya un enorme aplomo y fuerza moral, siempre está en tensión por miedo a que se le note demasiado interés en demostrar lo malo que es, que se afana demasiado en ello.

Así, en los momentos más complejos de la misión se ve obligado a hacer cosas completamente contrarias a sus ideales. Podría incluso tener que matar a un compañero policía, si las circunstancias le obligan, si el hecho de no disparar a un compañero pusiera en peligro la vida de uno de los delincuentes y demostrara así que pone la vida de un policía por delante de la de un miembro de su gang. En ese caso podría peligrar incluso su vida, es decir, le pondría en la disyuntiva entre preservar la vida de su compañero del cuerpo de policía o la suya propia.

En poco tiempo ha participado en tantos horrores, en cosas tan lejanas a aquello por lo que ingresó en el cuerpo que él mismo parece olvidarse de que es un policía, de que en realidad lo que hace es combatir ese mundo ignominioso, de que él, mientras realiza esos actos detestables, también está impidiendo que se lleven a cabo en otros niveles crímenes más horribles, que tanta degradación es en servicio de algo bueno. Quiere pensar que, cuanto más malo es, cuanto más se comporta como un criminal, cuanto más pruebas de este tipo pasa, mejor policía es, mayor es el bien que hace a la sociedad.

El policía encubierto no disfruta de ningún beneficio por ser super-bueno, por estar realizando un trabajo tan comprometido y peligroso, por dedicar su vida a la labor policial. No se trata solo de beneficios económicos que, si el cuerpo de policía decide finalmente concedérselos, si sale con vida de ésta, los recibirá en todo caso cuando acabe la misión: tampoco tiene ningún reconocimiento personal ni profesional, porque su identidad es completamente secreta. Hacer partícipes a sus compañeros de la policía comprometería su seguridad. Alguno se podría ir de la lengua en alguna detención, o ceder en un interrogatorio con una pistola en la sien si es capturado por los criminales, que quieren a toda costa saber quién les traiciona. Algún compañero podría estar tentado de vender esa información, para la cual sabe que encontraría buenos postores. El compañero al que se le confiara esta información podría ser, simplemente, un topo, y entonces toda la operación estaría echada a perder. Solo el jefe que ha decidido la misión puede saber su verdadera identidad. Es importante que todos los demás policías tengan al policía encubierto por criminal, por uno de los peores criminales, que lo desprecien, que estén listos para dispararle en cualquier ocasión. El policía encubierto sufre estas humillaciones y este plus de peligro con resignación, en la espera de que llegue un día en el que todos sepan lo que ha hecho, que se haga justicia simbólica y que todos se disculpen y le feliciten. Con la narración de estas expectativas futuras consigue su jefe animarle a continuar con la misión cuando flaquean sus fuerzas. Y las fuerzas le flaquean a menudo, más cuanto más tiempo pasa y su vida real parece más lejana.

La misión es tan secreta que, de hecho, cualquiera de sus compañeros delincuentes podría ser policía encubierto, un segundo policía encubierto asignado a la operación, quizá para proteger sus espaldas, sin que él lo supiera. De hecho, si se pone a pensar, todos los delincuentes de su gang podrían ser policías encubiertos, en misiones asignadas por distintos departamentos de la policía, trabajando en el mismo caso, investigándose unos a otros sin saber que son compañeros reales de la policía, en lugar de compañeros ficticios en el crimen. Y quizá todo el crimen de la ciudad fuera cometido por policías encubiertos, que roban y matan para proteger su coartada, para parecer más despiadados que sus compañeros, en una escalada de violencia en la que se ha perdido el referente. Todo es esto es una especulación que a veces le atormenta, que le hace pensar en la futilidad de su trabajo.

Lo que es cierto es que, en su vida entre los delincuentes, ahí sí que disfruta de dinero y de honores. Cada poco tiempo, después de un buen golpe, el jefe de su gang le pasa un fajo de billetes como agradecimiento y pago. No tiene que pagar impuestos por ello, no tiene que declararlo a su superior en la policía. Por supuesto que lo usa únicamente como lo usaría un criminal, uno de sus compañeros criminales, y así refuerza su tapadera. Esto significa, por ejemplo, reservar las mejores mesas de los restaurantes, fumar cigarros caros, beber sin moderación los mejores licores, frecuentar burdeles de lujo junto con sus colegas criminales. En todos los aspectos es un delincuente apreciado y reconocido. Los otros delincuentes le felicitan constantemente, lo reciben con afecto y admiración. Hay motivos para ello: su vida está dedicada por completo a fingir el mal, sin ocupaciones auxiliares de familia, de hijos, de plan de vida o de pensiones, que interrumpan un tanto el desempeño de ciertas operaciones, como puede pasarles a otros delincuentes. Todas esas preocupaciones de su vida se han quedado suspendidas hasta que acabe la misión y recupere una vida de verdad, su vida. Así que es un delincuente ideal, perfectamente dedicado a delinquir, mejor que cualquier otro. También se puede decir que, moralmente, tiene menos escrúpulos y rémoras, ya que al fin y al cabo, todo lo que hace, él lo sabe, sirve a un fin superior, a un fin noble.

Por esta excelencia en su trabajo como delincuente (que es excelencia en su trabajo de policía, también o sobre todo), los jefes de la banda le reciben en su casa, le invitan a comer con sus familias, le agasajan y le hacen sentir uno de los suyos. Le toman cariño. También le confían los secretos más protegidos de la organización. Le revelan, por ejemplo, la identidad de uno de los topos en la policía, y los nombres de los policías corruptos con los que colaboran, el dinero que les dan por volver la vista a otro lado, por eliminar pruebas y plantar otras, por investigar entre sus compañeros y revelar si hay agentes policiales encubiertos como él, operando en las organizaciones criminales. Sabe quién de entre sus compañeros le vendería de buena gana por un puñado de billetes.

¡Qué enorme fuerza moral tiene el policía encubierto! Resiste la vida en tensión, la degradación moral de estar en el crimen, la falta de reconocimiento, el desprecio de sus compañeros policías, el asco por sus compañeros de policía corruptos, que también le desprecian, que se atreven a despreciarle. Y también tiene que resistirse a la atracción que le produce la buena vida de delincuente, el dinero abundante, el reconocimiento de los otros delincuentes, el afecto por ellos que empieza a apoderarse de él. Todo esto le hace dudar de sí mismo, de si podrá mantenerse puro por mucho más tiempo, si toda esta presión no le hará, precisamente, volverse el peor de todos, el traidor. Su jefe en la policía, el único que conoce su situación, y que conoce las condiciones tan duras en las que realiza su trabajo, incluso él a veces duda del policía encubierto, porque le resulta difícil de creer que alguien pueda tener tanta entrega, que pueda sufrir tantas humillaciones para un incierto beneficio y reconocimiento futuro. En cierto modo le envidia por ser un policía con más mérito que él, a pesar de ser un mero subordinado. Y duda de que los beneficios que le proporciona el hecho de ser delincuente no le hayan transformado ya definitivamente, y que de verdad disfrute de esos cigarros, de esas mujeres, de esos manjares y coches de lujo, de los que se supone solo debería simular que disfruta.

Tanto los buenos como los malos, como los policías buenos, los policías malos, los policías corruptos, los policías que hacen su labor, los delincuentes buenos y malos, los topos o los policías encubiertos, todos ellos son buenos. Eso se ve cuando son comparados con los terroristas.

Ahora bien, también hay terroristas buenos y terroristas malos.

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